17 de noviembre de 2016

Querida yo del futuro:




                Me gustaría empezar explicando el porqué de esta carta pero aunque nuestra memoria es muy selectiva y tendemos a olvidar muchas cosas, sé, supongo, que no olvidarás el motivo. No pondré una fecha de entrega y me gustaría pensar que leeré estas líneas una y otra vez para darme la razón a mi misma en ocasiones y para quitármela otras tantas, porque yo soy, nosotras somos, así. Una jodida montaña rusa de sentimientos y pensamientos. Somos capaces de pensar blanco y cambiar a negro en el mismo segundo, y volver a cambiar. Y no es porque no seamos decididas, ni porque seamos indecisas, es porque vemos posibilidades en cualquier opción.
               
             Quisiera decirte tantas cosas… Lo primero de todo es una súplica, no pierdas las ganas y cuando lo hagas, porque lo harás, espera paciente a recuperarlas, porque las recuperarás.

                No sé qué cosas habrás vivido ya, qué libros habrás leído, que países habrás visitado, ni sé quién estará a tú lado pero te quiero recordar algo, nadie, nunca, va a quererte y necesitarte tanto como tú misma, nunca olvides eso y cuídate como te mereces, como nos merecemos.

                Si no hemos cambiado mucho y te conozco como me conozco hoy, lo que sí sé es que sueles olvidar lo bueno cuando estás muy mal y te hundes hasta lo más profundo. Quiero recordarte que en esos momentos, lo que te da la vida de nuevo es escribir. Expulsa con tinta, o a base de golpes en un teclado, toda la mierda que te ahogue. Muchas veces tarda en salir, pero entre tanto, llenas las hojas de textos sinceros.  Aprende de cada golpe que recibas, haz tuya esa frase de “lo que no te mata te hace más fuerte”, porque es cierta. Sé que en esos momentos te burlas de la misma y crees que en realidad lo que no te mata te debilita pero no es así. Lo tienes en la piel, recuérdalo, del fango sale la flor más hermosa. Hasta la fecha, los golpes te han servido para crecer.  

                Querida yo del futuro, dime, por favor, que has viajado. Dime que has escrito al menos un millón de textos y que has terminado al menos uno de los libros que empecé. No renuncies a las locuras por la pereza, no pierdas tu esencia. Vuela alto, tan alto como puedas y no tengas miedo a caer. Que lo único que te frene sea la muerte y cuando llegue, recuerda que es amiga. Si no has hecho lo siguiente dime que al menos planeas hacerlo pronto: viajar tanto como nos permita la economía, conducido un coche de carreras, nadado con delfines, mandado un mensaje en una botella, nadado desnudas en una playa y sobre todo, dime que hemos cantado en público.  Dime que te has tatuado tanto como has querido, ojalá nuestro cuerpo sea ya un mapa del tesoro.

                No te obsesiones con las cosas, la vida es mucho más sencilla, recuerda eso también. Cuando estés en ese punto histérico tan nuestro en el que todo te parece desbordante párate y respira. Las cosas son como tienen que ser. No pienses en los “y si” porque no existen. No te martirices en ellos. Aprende a perdonar. Aprende sobre todo a perdonarte a ti misma. Coge toda la rabia que tengas y haz algo productivo con ella. No abandones el deporte. Dime que no has abandonado el deporte…

                Lee, sigue empapándote de la lectura. Escribe, sigue llenando hojas de pensamientos y frases. Ama, no te rindas en eso nunca. Enamórate y desenamórate una y mil veces, de un hombre, de la vida, de ti misma. La vida consiste en eso. En amar, perder y volver a empezar.

                Sigue disfrutando de las horas y horas de conversación con mamá, de las series y películas. Sigue, junto a ella y Tamara, mintiendo con eso de “sólo un capítulo más” y llena tus días de horas a su lado.  Sigue haciéndole preguntas a papá, sobre todo y sobre nada, sigue picándote con sus insinuaciones de tu mala conducción. Sigue queriéndolos mucho y recordando siempre que nadie en el mundo está por encima de ellos. Por favor, no te enamores de alguien capaz de hacerte cambiar tu relación con ellos.

                Recuerda a Mía cada día. Sé que lo harás, pero no lo olvides nunca. Quizá ya seas madre y ahora ese amor tan desbordante que yo siento por ella te parezca pequeño en comparación.  Pero recuerda que hubo un tiempo en el que ella era tu única responsabilidad y las has amado como sólo una madre sabe.

                Cuando te fallen las fuerzas, ríndete sin miedo, pero sólo durante un rato, nunca nada es para siempre, el dolor que te haga caer tampoco. Recuerda que el ayer ya ha pasado y no sirve de nada removerlo y que el mañana no te pertenece, todavía no, hay que ganárselo. Así que vive el hoy, hic et nunc, y hazlo como si fueras a morir porque algún día lo harás.      
         

                    P.D. Escribiste esto en una mala época, hace ya casi dos años, y la lees cada vez que te acuerdas. Espero que en el futuro, cuando la encuentres después de haberla olvidado por largo tiempo, sigas siendo capaz de leer entre líneas y sigas llorando como una tonta. 

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